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LOS NISEIS EN LA 2A. GUERRA |
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2009 ?? LOS INMIGRANTES JAPONESES EN HAWAI Y EN ESTADOS UNIDOS, Y SU SITUACIÓN ANTE LA GUERRA DEL PACÍFICO.
Observación: para componer el texto sobre la participación armada de los niseis americanos en la Segunda Guerra Mundial, en el frente europeo, hemos tomado dos referencias, de la revista Selecciones del Reader´s Digest, de abril de 1960, en su sección de libros titulado La familia de Kamejiro Sakagawa (tomado del libro de James Michener ?Hawaii?); y del libro La importancia de ser nisei del Ing. Miguel Meguro, editado en 1968. Todo ello abundó en mayor cantidad de datos, aunque falta verificar si el grupo armado de nipoestadounidenses se denominaba ?batallón 222? o ?unidad especial 100? o asimismo la unidad 142. En ciertos pasajes, se ha respetado la dinámica novelada.
Los inmigrantes japoneses se concentraron principalmente en Hawaii, y la costa occidental de los Estados Unidos, trayendo consigo una profunda herencia cultural y se dedicaron principalmente a actividades agrícolas, la pesca y la minería. Poseían el conocimiento de cultivos intensivos que eran nuevos en Estados Unidos; sabían como fertilizar los terrenos de cultivos; estaban familiarizados con el suelo y sabían como tratarlo para producir determinados productos; eran diestros en la distribución de la tierra, irrigación y drenaje. Sobre todo se caracterizaban por su capacidad de trabajo y fueron ellos quienes formaron hortalizas, huertos de árboles frutales, viñedos y jardines; fueron ellos quienes iniciaron el cultivo de la papa en la costa occidental, introdujeron el cultivo de la fresa.
Fueron los inmigrantes japoneses quienes hicieron productivas tierras que antes fueron áridas, pues nunca desplazaron a agricultores en los terrenos fértiles; sino que ocupaban las tierras en donde otros habían fracasado en su intento de hacerlas productivas, y con su conocimiento y trabajo lograron transformar grandes extensiones desérticas, como el Valle Imperial de California, en vegetales donde se obtienen en la actualidad, una importante parte de la producción de verduras y frutas de los Estados Unidos.
El problema discriminatorio ha sido y es bastante grave en los Estados Unidos, y así como se discrimina a la gente de color (negros), también existe discriminación en contra de los japoneses, los chinos, los mexicanos, los puertorriqueños, etcétera y aún contra los irlandeses, los judíos, los italianos, etcétera, por lo que se puede afirmar que la discriminación es una cosa contagiosa que aún en la actualidad subsiste como ocurre con la legislación del Estado de California que protege a los residentes estadounidenses, de ser invadidas sus zonas residenciales con la presencia de descendientes de algunos países, principalmente mexicanos «chicanos», los que son numerosos en California.
Una de las principales discriminaciones sufridas, fue la imposibilidad para los primeros inmigrantes japoneses de obtener la ciudadanía norteamericana, con el fin de defender sus derechos no obstante que sus hijos sí la tenían. Sin embargo, siempre se caracterizaron por su rectitud y sobriedad aún ante los más airados ataques. Se preocuparon en aprender la lengua y costumbres, de este nuevo país; siempre pagaban sus deudas; sostenían a sus pobres e indigentes, y los jóvenes japoneses nunca dieron traajo a la policía, cometiendo actos de delincuencia juvenil.
Posteriormente, con la Segunda Guerra Mundial, los japoneses perdieron sus bienes acumulados tras largos años de trabajo y si hubieran podido conservar sus tierras la mayor parte de ellos actualmente estarían en muy buena situación económica considerando el aumento del valor de los terrenos.
En Estados Unidos la lucha que se ha sostenido, ha sido una lucha a muerte, pues cada derecho que han conseguido ha sido después de una lucha tenaz, a veces penosa, que ha exigido muchos sacrificios. Aún muchos sacrificios de vidas humanas. La sangre de algunos iseis, y principalmente la sangre de muchos niseis, ha sido precisa para enseñar al resto del mundo, la capacidad de los descendientes japoneses, de ser dignos ciudadanos del país al que pertenecen. Sí, para ganar el derecho a la ciudadanía americana ha corrido mucha sangre nisei.
El bombardeo en domingo. El 7 de diciembre de 1941 ocurre el ataque a Pearl Harbor y Japón está en guerra contra los estadounidenses. Para los niseis que habían nacido en los Estados Unidos fue difícil tomar alguna determinación, por lo cual permanecieron a la expectativa sin tomar ninguna iniciativa, sufriendo las nuevas vejaciones de verse concentrados, junto con sus familiares, en las barracas localizadas en las zonas de seguridad, perdiendo consecuentemente todos sus bienes acumulados en años de trabajo.
Si esto acontecía en el Continente, ocurría una cosa completamente diferente en Hawaii, en donde se había permitido que los japoneses poseyeran tierras y para quienes permanecían abiertas las puertas de las mejores escuelas y los más diversos trabajos tanto dentro como fuera del Gobierno. En Hawaii gracias al valor civil de muchos ciuadanos estadounidenses y de las autoridades que conocían mejor a los inmigrantes japoneses, se impidió que éstos fueran despojados de sus propiedades y fueran concentrados en zonas de seguridad. Esto, no obstante la posición estratégica de la isla.
Un supuesto ataque sorpresivo... en un supuesto domingo tranquilo...
El 7 de diciembre de 1941 se desarrolló el ataque japonés a Pearl Harbor, que iniciaba la guerra entre Estados Unidos y Japón, como último extremo y recurso, dado el deterioro de las relaciones diplomáticas, políticas y comerciales entre estos dos países. La situación se había hecho insostenible, y la sombra de una inminente guerra se venía palpando desde hacía varios años, con la consecuente angustia y zozobra de los inmigrantes japoneses en los Estados Unidos, contra quienes aumentaron las discriminaciones y vejaciones. Al iniciarse la guerra los iseis y los niseis se vieron ante el gravísimo dilema de decidir de qué bando se colocaban, y aunque la mayoría de los iseis, que habían sido objeto de tantas discriminaciones, festejaron los éxitos alcanzados por el Japón durante las primeras etapas de la contienda, es importante recalcar que no se presentó ningún acto de espionaje o sabotaje en que se viera envuelto algún inmigrante japonés, hecho que consta en los informes del FBI y de otras agencias del gobierno estadounidense.
Aquella tibia mañana como de costumbre, las palmeras se mecían acariciadas por la brisa; la playa de Waikiki de blanca y fina arena contrastaba con las tonalidades del mar coralífico. El verde esmeralda de las cercanías de la costa se interrumpía bruscamente en un azul profundo, tan profundo como los fondos abismales inmediatos. En las montañas se acumulaban las negras nubes de una tormenta pasajera y en el cielo se dibujaba el arco iris que casi tocaba la línea de la costa. Aquella mañana soñolienta de domingo, invitaba al reposo tas una agitada noche sabatina... Las primeras bombas, se oyeron como lejanos truenos; como los truenos de una tormenta... negras columnas de humo se empezaron a elevar de la base naval de Pearl Harbor, y el ataque sorpresivo creció en intensidad. En breves momentos aquello se convirtió en un manicomio, cada avión que pasaba soltaba su mortífera carga de explosivos; la gente corría en todas direcciones, algunos medio desnudos; la radio empezó a vociferar, ?¡Aviones japoneses están bombardeando Honolulú, esto no es un ejercicio militar, esto no es una broma. Es la guerra!?
Cuando partieron, Kamejiro se sentó en los escalones de su barraca y se quedó mirando al cielo como aturdido. Bocanadas de humo del fuego antiaéreo marcaban la ruta por donde escapaban los aviones japoneses. El hombre trataba de ordenar sus pensamientos, pero todo cuanto podía sacar en claro era que el Japón debió de estar en gran peligro para hacer lo que hacía. Poco tiempo se quedó solo, pues a eso del mediodía, una patrulla recorrió el vecindario anunciando con un altavoz: «Todos los ciudadanos japoneses quedan detenidos en sus casas. No salga ninguno». Al ver las ruinas de Pearl Harbor no se podía pensar en otra cosa en Hawaii sino que los residentes japoneses, actuando como espías y saboteadores, habían preparado este asalto. Por tanto, Kamejiro y sus paisanos fueron a dar a la cárcel.
Jiroo Honda brincó sobresaltado al escuchar la noticia, y salió corriendo gritando ?¡Otoosan, otoosan, papá el Japón nos ha declarado la guerra!?. Hondasan quien se encontraba desyerbando su huerto de hortalizas, se quedó seco al escuchar la nueva. Por su mente cruzaron vertiginosamente muchos pensamientos. Su vecino Martin Williams también vino corriendo exclamando, ?¡Señor Honda, señor Honda, su país nos está atacando!? Siguió enseguida un nervioso intercambio de noticias, suposiciones, inquietudes, y después, ?¡Oh Dios mío, ¿Pero qué ha pasado?!, ¡Lo que nos espera en el futuro!?.
La decidida y pronta respuesta de los niseis enrolados en el ejército estadounidense brindaron sus servicios, no fue comprendida por sus superiores, quienes los trataron con desgano. El regimiento al cual pertenecían compuesto en su mayor parte por niseis, fue comisionado para limpiar y mantener en condiciones de funcionamiento las pistas de aterrizaje del aeropuerto, en donde decenas de aviones estadounidenses habían sido bombardeados, y durante los siguientes días trabajaron incansablemente, casi sin dormir logrando cumplir satisfactoriamente la misión que les habían encomendado.
Durante los días siguientes, la tensión en la isla creció, pues todos estaban a la espera de otro ataque, y la nerviosidad e histeria que cundió entre la población de la isla, motivó actos de vandalismo en contra de los inmigrantes japoneses, a quienes se les atribuían movimientos de espionaje y sabotaje. Sin embargo, si entre los iseis se observaba la indecisión y la angustia de ver pelear los dos mundos a los cuales pertenecían; sus hijos, los niseis nacidos en Hawaii reaccionaron rápidamente manifestando decididamente lo que su conciencia y su deber les dictaba.
?Yo soy norteamericano?; ?si los soldados japoneses vienen, ellos serán el enemigo, por lo que yo dispararé?.
Los momentos inmediatos al bombardeo, fueron de indecisión en que el amor que sentían por el país en que habían nacido se anteponía al cariño y admiración que sentían por el país de sus padres, y si bien todos deseaban ardientemente el bien y el triunfo tanto del Japón como de los Estados Unidos, su conciencia y su deber les dictaba un solo camino, ?yo soy norteamericano?; ?si los soldados japoneses vienen, ellos serán el enemigo, por lo que yo dispararé?. Esta misma decisión fue tomada por los 14,000 niseis en edad militar, que vivían en la isla, y es interesante observar que gracias a esta guerra (1941-1945), los inmigrantes japoneses ganaron su derecho a la ciudadanía norteamericana.
Después de varias semanas de trabajos distinguidos, todos los niseis del ejército fueron retirados del servicio sin mayor explicaciones. Algunos residentes de la isla se alegraron por esta decisión, pues siempre habían considerado un grave peligro para la seguridad nacional, la existencia de soldados de origen japonés. Sin embargo, para sorpresa de todos, los niseis se negaron a aceptar este veredicto, y en forma pacífica, persistente y efectiva lucharon por el reconocimiento de sus derechos, ?nosotros somos norteamericanos, por lo que solicitamos se nos conceda el privilegio inalienable de luchar y morir por nuestra patria, y si se considera peligroso encomendarnos la misión de luchar contra el Japón, pedimos que se nos envíe a luchar contra los alemanes en Europa. Estamos dispuestos a cumplir cualquier tarea, realizar cualquier servicio con tal de probar que somos leales americanos?.
Formaron comités que se entrevistaron con generales, coroneles, gobernadores y jueces, quienes ante tanta presión e insistencia, solicitaron al FBI informes sobre los niseis, ?¿Ha ocurrido algún acto de espionaje, sabotaje o deslealtad entre los inmigrantes japoneses?? y la respuesta del FBI fue clara, ?Podemos afirmar con absoluta seguridad que no ha ocurrido ningún sabotaje ni ningún acto de espionaje, sino que más bien están deseosos de colaborar?.
El coronel Mark Whipple.
El coronel Mark Whipple era tataranieto de John Whipple, uno de los primeros catequizadores de Lahaina, primera capital de las islas Hawaii; el coronel, militar de carrera, había recibido la consigna de ayudar al alto mando a resolver la cuestión japonesa en Hawaii y, se creía en Washington que muy pronto ordenaría recluir a los japoneses en un campo de concentración de Nevada o en la isla de Molokaí. Mas el coronel Whipple no procedió en esa forma. Al llegar a Hawaii, investido de poderes especiales del presidente Roosevelt, lo primero que hizo fue pedir informes al jefe de la FBI. ?No se ha registrado ni un solo caso de espionaje entre los japoneses, fuera de los agentes del consulado? dijo este. ?¿Ha notado alguna deslealtad? ?Todo lo contrario. Los jóvenes japoneses están ansiosos de tomar las armas en favor nuestro.
El batallón de Voluntarios Universitarios de la Victoria. ?«El patriotismo no depende del color de piel, brota del corazón ...según Roosevelt».
Como resultado de esta conversación se formó el batallón de Voluntarios Universitarios de la Victoria, cuyos primeros integrantes fueron Tadao y Minoru. Los Voluntarios de la Victoria eran todos japoneses convencidos de que el porvenir de los suyos en estas tierras nuevas (Hawaii) dependía de lo que ellos hicieran en esta guerra contra el Japón; estaban dispuestos a empuñar picos y palas si no se les permitía tomar las armas; ningún trabajo les parecía demasiado bajo y su ánimo era indomable.
Como resultado de estas gestiones, como paso inicial, se estableció el cuerpo de voluntarios ?Varsity (o University¿?) Victory Volunteers?, constituido en su totalidad por jóvenes de ascendencia japonesa, a quienes se les asignaron las tareas más desagradables como excavar letrinas, cargas equipos, construir puentes, etcétera, recibiendo como paga la décima parte de lo que los indígenas y los chinos ganaban trabajando para el Gobierno en labores civiles. ?La paga es lo de menos?, reflexionaban, ?pues el futuro de los descendientes japoneses depende de lo que hagamos en esta guerra?.
La actitud del coronel Whipple le valió muchas críticas entre sus colegas de la oficialidad; y eso que apenas principiaba, pues en seguida propuso lo siguiente: «Formar un cuerpo especial del ejército norteamericano compuesto únicamente de japoneses de Hawaii. Enviarlo a combatir contra los alemanes y obtener así una victoria de propaganda contra el nazismo que repercutiera en todo el mundo libre». Tanto en las islas como en Washington, esto produjo un grito sofocado de asombro. ¿Tropas japonesas en el ejército de los Estados Unidos? ¡Absurdo, ridículo, descabellado! Pero hubo un hombre que no lo creyó así: el presidente Franklin D. Roosevelt, quien declaró públicamente después de leer la propuesta de Whipple: «El patriotismo no depende del color de piel, brota del corazón».
El siguiente paso fue la constitución de una unidad especial del ejército de los Estados Unidos únicamente de jóvenes hawaianos descendientes de japoneses, con el fin de emplearlos en la campaña europea en contra de los alemanes. Se levantó una ola de protestas: ?¿tropas japonesas en el ejército americano? ¡peligrosísimo!, ¡ridículo! y las críticas seguían aumentando ?¿quién va a querer salir a combatir, teniendo un regimiento de nipones detrás de uno? En menos que canta un gallo vamos a recibir un tiro en la espalda?. Como hemos dicho en el párrafo anterior, fue el Presidente Roosevelt quien autorizó la creación de la Unidad Especial Batallón de Infantería 100 (o el 222¿?), del ejército de los Estados Unidos, basando su decisión en los reportes proporcionados por el alto mando militar establecido en Hawaii, y considerando que, como ya se ha dicho, ?el patriotismo no es cuestión del color de la piel;es cuestión del corazón?.
El batallón «222».... «peleamos doblemente» ...a pesar de los insultos.
La unidad de Whipple ?el batallón 222? totalmente japonés con oficiales haoles, pasó al continente a recibir instrucción militar en el campamento Bulwer de Mississippi. El primer día de salida a la ciudad, goro entró descuidadamente en un retrete para «blancos» y un individuo que esta allí le gritó: ?¡Sal de aquí, perro amarillo! Goro se retiró sin chistar. Otros compañeros suyos sufrieron iguales insultos. Hubo peligro de que ocurrieran serios disturbios y el coronel Whipple hizo reunir esa noche al batallón. ?Muchachos ?les dijo?: teneís el deber de probar que sois los mejores soldados del ejército norteamericano y que sois leales. Nada os debe apartar de ese deber. Si las gentes del Misisipí se empeñan en insultaros, no hay más renmedio que callarse y aguantar. ?¿Debo callarme y tolerar que me llamen perro amarillo? ?preguntó uno. ?¡Por Dios, sí! ?tronó Whipple?. ¡Quieres acaso comprometer la suerte de 300,000 japoneses por no aguantar un insulto? ?Los oiremos como quien oye llover? terció un fornido sargento desde las filas de atrás. Y así lo hicieron.
La Unidad Especial 100 (o el batallón 222¿?) fue transferida al Campo McCoy en Wisconsin y posteriormente al Campo Shelby en Mississippí, con el fin de recibir un entrenamiento básico y de acuerdo con una nueva política del ejército, el general Marshall ordenó el 1° de enero de 1943 que la Unidad 100 engrosara, aceptando 3,000 nuevos voluntarios, de los que la mitad serían de Hawaii y los 1,500 restantes del Continente. Sin embargo, el plan no marchó como se había planeado, 13,950 voluntarios hawaianos abarrotaron las oficinas, y era penoso ver cómo de cada 9 voluntarios 8 salieron con una cara de decepción por no haber sido incluido en la lista. En contraste sólo se presentaron 500 voluntarios del Continente, por lo que los 1,000 restantes se completaron entre los niseis de Hawaii que habían sido rechazados anteriormente. El hecho de que sólo hubiera habido 500 voluntarios del Continente no le extrañó al coronel Whipple encargado de la Unidad, quien comentó, ?hemos abusado de los japoneses en el Continente, los hemos humillado, maltratado, aprisionado y les hemos arrebatado sus pertenencias, y ahora les estamos diciendo: queremos que vengas a combatir por nosotros. La única respuesta lógica de parte de ellos es: ?¡váyanse al diablo!?. Por lo que todavía me sorprende que haya habido 500 voluntarios?.
La Unidad 100 fue sujeta a un rigurosísimo entrenamiento y a las más rígidas medidas disciplinarias. La menor infracción era castigada severamente, pues se pretendía formar la unidad más disciplinada, más inteligente y valerosa del ejército. Una de las mayores sorpresas que se llevaron los instructores, fue ver cómo los nuevos reclutas costeaban de su propio bolsillo los 8 dólares que costaban los dos volúmenes de ?Tácticas y Técnicas del Ejército?, cosa nunca vista, ciertamente no eran de la clase de reclutas a los que estaban acostumbrados.
Si bien la fatiga y el dolor se curaban y olvidaban fácilmente; no así los insultos, las vejaciones y las discriminaciones. Si bien se les permitía utilizar los servicios públicos reservados a los blancos, y les prohibían meterse en excusados reservados a los negros, les interponían innumerables barreras cuando trataban de socializar con la comunidad en que vivían, por lo que se encontraban en una situación intermedia entre los blancos y los negros, lo que hizo que los niseis se presentaran ante sus superiores y les expusieran con indignación: ?no queremos esta clase de concesiones de poder orinar en el baño de los blancos. Si no nos pueden tratar en todo como blancos, queremos ser tratados como negros, pues si por algo estamos tratando de luchar, es por la decencia humana. No podemos combatir por los derechos de los descendientes japoneses, ignorando y pisoteando el derecho de los negros?.
Lo que más lastimaba a los miembros del 100, eran los insultos y los chistes de mal gusto a que a que se veían sujetos, ?hey tú nipón, ¿cuando vas a matarnos? hey tú animal!?. Lo que les hacía hervir la sangre, avecinando la posibilidad de alguna riña callejera de desastrosas consecuencias. Como hemos dicho en párrafos atrás, previendo esto el coronel Whipple reunió a todos y les sermoneó con lo siguiente:
?Ustedes tienen un trabajo y una misión, de la que nada en este mundo deberá apartarlos. Ni los insultos, ni los golpes, ni la muerte. Ustedes tienen la misión de demostrar a todo el mundo que son buenos americanos, que son soldados leales a su patria?. ?De modo que usted sugiere que nos aguantemos cuando nos insultan llamándonos nipón, traidor, animal, etcétera?. ?Exacto, pues si ustedes son tan sensitivos que ponen en juego el futuro de su familia y el de todos los descendientes japoneses, sólo porque reciben esos insultos; entonces, ciertamente ustedes serán nipones, traidores, animales y todo lo demás que los otros quieran atribuirles. ¡Por favor, no sean idiotas!?. En tono más calmado prosiguió: ?no olviden que ustedes van a pelear en Europa, y van a ganar. ¡De ello estoy seguro!, pues no he conocido gente más fina, valerosa y disciplinada. Y cuando triunfen en el combate, habrán triunfado sobre los alemanes en el campo de batalla, sobre las discriminaciones sufridas en los Estados Unidos, y sobre todos los insultos que hayan recibido. Sus familiares y futuros descendientes vivirán mejor, gracias al sacrificio de ustedes. ¿Qué por esto no vale la pena, aguantarse un poco en el presente??.
? LOS NIPOESTADOUNIDENSES EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (Participación en las dos acciones de guerra de los nikeis americanos: Montecassino, Italia y los Vosgos, Francia)
Entre agosto de 1943 y febrero de 1944 los niseis estadounidenses combatieron en Europa. Los soldaditos ?americanos? amarillos, pequeños, delgados y ojinegros, tanto los que procedían de Hawai como del continente, sobre todo de California, tuvieron acciones desde su desembarco en Salerno y la ocupación de la ciudad del mismo nombre. Su primera experiencia tácita en combate fue durante su marcha al Voltarno, donde los niseis actuaron como guardia de avances cubriendo casi 20 millas en 24 horas a pesar de las extremas dificultades del camino de montaña. Asímismo se distinguieron en el avance a Roma, donde el batallón 100 y la 142 (o 222 ¿?), incorporada a la 34° División, recorría aproximadamente 15 millas en 24 horas operando día y noche enfrente de una fuerte resistencia del enemigo en terreno difícil. Los momentos más complicados fueron en la batalla de Montecassino, en enero de 1944 y en el rescate del batallón de tejanos, en los Vosgos, en febrero del mismo año. No se tiene referencias de que hayan habido pilotos o marinos niseis, en este caso sólo tropas de infantería al mando del general Mark Clark..
El 20 de agosto de 1943 partió el barco ?James Parker? con la Unidad Especial 100, la que fue comisionada al sur de Italia, la primera que había sido enviada a Europa, incorporándose a la 34ava. División del ejército estadounidense. Desembarcaron en Salerno, cerca de Nápoles, encontrando una resistencia formidable, pues Hitler, conociendo la presencia de soldados niseis en las unidades aliadas, había dado la orden terminante de aniquilar y humillar a los ?traidores?, pues el triunfo de las tropas niseis significaría una propaganda desastrosa para el prestigio del ejército alemán. La Unidad 100 ocupó Salerno dando las primeras muestras de su valor a costa de muchos sacrificios y muchas vidas, poco a poco fue avanzando hacia Roma.
En lo que respecta al ?Quinto ejèrcito de Mark Clark?, el joven y muy alto general estadounidense, era un conglomerado de varias nacionalidades y regiones del mundo. Los problemas de manejar un ejèrcito polìglota no se acababan con la diplomacia anglo-norteamericana. El Quinto Ejèrcito era uno de los màs multiformes que se hubiera reunido jamàs ?un mundo multinacional-- . Tan sòlo alrededor de un tercio de sus tropas eran estadounidenses, que, aparte de los jóvenes anglosajones ?pues tambièn habìa ingleses--, habìa unidades de tropas de color (ahora afronorteamericanos) (y donde tambièn se integraban las unidades nisei del 100º batallòn de Infanterìa). Alrededor de la misma cantidad eran britànicas. Entre sus cien mil hombres hubo, en uno u otro momento, unidades venidas de Nueva Zelandia, Australia, India (sijs y punjabs), Francia y sus colonias de Africa del Norte (Tunez, Marruecos y Argelia), Polonia, los gurkhas nepaleses, maorìes, filipinos, italianos del norte y hasta de Brasil. ?Las diferencias de idioma y de costumbres multiplicaban la confusiòn y la tensiòn habituales en la guerra. Cada naciòn tenìa sus propios mètodos militares especìficos, y la religión de algunos soldados, procedentes de India y Àfrica del Norte, imponìa requisitos dietèticos especiales. Debido a la diferencia entre pertrechos norteamericanos y britànicos, el ejèrcito necesitaba dos lìneas de aprovisionamiento completamente separadas para municiones y repuestos. Tales dificultades no hacìan sino multiplicar los problemas de hombres y màquinas que ya naufragaban en mares de fango amarillo. A veces, en verdad, parecìa que el terreno del sur de Italia era muy capaz de derrotar a los Aliados sin ninguna ayuda de los alemanes?.
?El nutrido contingente integrado por «nisei», los japoneses naturalizados norteamericanos, ahora se empleaban por primera vez en el frente, ante el escepticismo y las miradas dubitativas de los norteamericanos «blancos». Sin embargo, fue precisamente gracias a aquellos pequeños soldados de infantería vestidos de kaki pero de ojos almendrados como se hizo posible dar cuenta de las formidables defensas que los alemanes habìan desplegado a lo largo del valle del rìo Ràpido. Empleados como tropa de choque (en el ejèrcito norteamericano era habitual que los ataques fueran precedidos por asaltos de «reblandecimiento» ejecutados por la infantería «de color») los «nisei» tomaron las posiciones alemanas al precio de enormes pèrdidas, demostrando un espìritu de combate absolutamente a la altura de sus hermanos que en el Pacìfico estaban combatiendo contra los G.I. marines y tropas de infanterìa, y ganàndose incluso la admiración de èstos.?
El batallón «222»....
El batallón 222 desembarcó en Salerno, Italia en el otoño de 1943. No sabían esos soldados que Hitler había dado esta orden terminante: «Hay que acabar a todo trance con los amarillos que los norteamericanos emplean como propaganda. Hay que exterminarlos a todos». De ahí que, en su marcha al norte, camino de Roma, encontraron tan formidables líneas alemanas de resistencia, una tras otra. «Estos boches deben de ser los mejores soldados del mundo», pensaban los japoneses, y sin embargo seguían adelante, venciendo la formidable oposición. Los corresponsales de guerra dieron con un filón inagotable de noticias interesantes en el avance del 222. Un periodista escribía: «Estos intrépidos soldaditos ojinegros superan a todos los demás; siguen combatiendo aun en los casos en que los más valientes se hubieran retirado».
El 26 de octubre, la Jefatura de Washington del ejército estadounidense, envió un memorándum a los generales de las comandancias 2, 3, 4, 13 y 18 en todos los Estados Unidos en que comentaba, ?El intenso deseo de estar con su unidad, reduce las ausencias debido a enfermedades y hospitalización a casi cero. El batallón 100 avanza aproximadamente 15 millas en 24 horas operando día y noche enfrente de una fuerte resistencia del enemigo en terreno difícil. A pesar de sufrir bajas, continúa avanzado de acuerdo con el programa. Todas sus municiones son usadas sin falta?. Y el general Mark Clark escribía, ?En su marcha al Voltarno que ha sido su primera experiencia en combate, ellos actúan como guardia de avances cubriendo casi 20 millas en 24 horas a pesar de las extremas dificultades del camino de montaña. Envié un cable al general Eisenhower el 8 de octubre, informando que ellos han alcanzado sus objetivos actuando pronta y eficientemente ante la oposición enemiga?.
Cierta vez el repórter preguntó al sargento Goro Sakagawa: ?Sargento ¿cómo se atrevió a lanzarse sobre ese grupo de casas sabiendo que estaban tan bien defendidas por los alemanes? ?Teníamos que hacerlo ?le respondió Goro?: nosotros peleamos doblemente... contra los alemanes y en favor de todos los japoneses que hay en Norteamérica. El corresponsal informó acerca de aquel episodio. «Están ganando dos guerras», dijo; y la frase, «peleamos doblemente» se hizo famosa como el grito de guerra del batallón 222.
?El rìo Ràpido se origina en los Altos Abruzzi. Se gana su nombre precipitàndose hacia abajo por empinados valles montañosos, corre bordeando el cerro de Monte Cassino, después atraviesa el llano del valle del Liri. En el llano confluye con el Liri, que baja desde la direcciòn de Roma, y el torrente combinado, al que se denomina el Garigliano, fluye hacia el sudoeste hasta el Mar Tirreno, a 20 kilòmetros de distancia. Quien vaya al norte hacia Roma, como intentaban hacerlo los Aliados en enero de 1944, debe cruzar ese sistema fluvial.?
Montecassino... Su sangrienta derrota hizo famoso al 222; el batallón del Corazón de Púrpura.
Aunque el coronel Whipple se hallaba muy satisfecho con el comportamiento de sus tropas, les hizo esta advertencia: ?Esto no puede seguir así; es posible que los alemanes se atrincheren en alguna parte y entonces sabremos si en realidad somos tan buenos como dicen. En efecto, los alemanes comenzaron a atrincherarse a lo largo de la banca occidental del río Rápido, bajo los baluartes de Montecassino. Hitler había enviado al general Sep Seigl, al frente italiano con la consigna de «acabar con los japoneses». Seigl trasladó entonces algunas de las mejores unidades alemanas que había en Italia a este sitio, cuidadosamente escogido como última defensa de Roma. Allí les haría morder el polvo a los japoneses. El 22 de enero de 1944, el coronel Whipple ordenó hacer alto a sus tropas a un kilómetro y medio al este del río Rápido.?A lo largo de ese río se extiende una de las mejores líneas de fortificación que hay en el mundo ?les dijo?. Los alemanes aseguran que ni un conejo podría cruzarlas sin exponerse a ser fusilado desde seis ángulos distintos. Nuestras órdenes son claras y sencillas: pasado mañana vamos a cruzarlas.
Sin embargo los alemanes no estaban dispuestos a permitirles ese privilegio, por lo que se establecieron y prepararon cuidadosamente cerca del viejo monasterio de Montecassino, fijando sus poderosas defensas en las escarpadas riberas del río Rápido. Tan formidable eran éstas que un soldado alemán exclamó orgulloso ?ni una serpiente podría intentar cruzar el río y las defensas, sin ser cazadas desde 10 ángulos diferentes?. Para alcanzar las guarniciones enemigas, los del 100 tenían que cruzar un camino sumergido, terrenos de cultivo inundados intencionalmente, dos diques de irrigación, una milpa sembrada de minas, otro dique de irrigación, escalar un muro vertical de retención de 3 a 3.50 metros de altura, cruzar el canal, subir la pendiente hasta alcanzar el camino, salvar dos hileras de alambradas en una zona minada, subir una larga pendiente y llegar hasta donde estaban las ametralladoras alemanas, tan bien instaladas que los más fuertes bombardeos aéreos no las podrás destruir. Todos los árboles y matorrales habían sido cortados con el fin de que las ametralladoras alemanas pudieran trabajar con entera libertad, cubriendo todas las zonas anteriormente mencionadas.
Al atardecer, Goro, Tadao y cuatro soldados más salieron a hacer un reconocimiento de las defensas enemigas. Más allá de los primeros obstáculos, un pantano y una serie de zanjas de riego, todas dominadas por la artillería alemana, había una sólida barrera de ametralladoras y detrás de la última zanja, la más grande de todas, se levantaba una muralla almenada de 3,60 metros de altura. ?Nuestra gente no podrá escalar ese muro inmediatamente después de cruzar los zanjones ?susurró Goro? vamos a ver si hay una brecha?. Y al no hallar ninguna, continuó en voz baja?: Tendremos que escalarla... no hay otro remedio. Treparon la muralla y pasaron al otro lado descendiendo al lecho seco de lado oriental del río Rápido. Tendría unos 25 metros de ancho y estaba muy bien defendido con ametralladoras. A pesar del frío de la noche aquellos seis hombres sudaban. Mas el verdadero miedo lo sintieron al pasar a la margen occidental donde hallaron un barranco de cinco metros de altura y sobre él una doble alambrada minada a intervalos de 60 centímetros.
?Ningún general se atrevería a lanzar tropas a través de este río? dijo Goro a Tadao?. Pero alguien tiene que ver lo que hay allá arriba; ayúdame a subir. Como un cuarto de hora gastó abriéndose paso entre la maraña de alambre, teniendo cuidado de dejar engarzadas en las púas hilachas de tela para guiarse por ellas al regreso. Poco después, estando aazapado en una zanja, al lado del polvoriento camino que pasa por el pie de Montecassino, un reflector iluminó por un instante las posiciones: contuvo un grito de asombro. Por encima de él se levantaba un peñasco inaccesible en cuya cumbre se asentaba el antiguo monasterio. Goro se daba cuenta de que su batallón tendría que escalar las empinadas rocas tras vencer antes todos los obstáculos que él acababa de pasar: uno de los campos de batalla más difíciles que les tocara a los norteamericanos durante la guerra. Volvió al sirio donde lo aguardaban sus compañeros y regresó con ellos a dar parte al comandante de su compañía. ?Será duro ?informó? pero no imposible.
Dicen los escritores Hapgood y Richardson que «el intento estadounidense de cruzar el rìo se denomina Batalla del Ràpido; fue la màs penosa derrota que sufrieron los estadounidenses en la guerra europea y siempre se la vincula con el nombre de Mark Clark». El ataque a travès del Ràpido fue concebido por Clark en conjunciòn con un desembarco que debìa efectuarse pocos dìas màs tarde en las playas cercanas a Roma, entre dos pueblecitos llamados Anzio y Nettuno. Clark insistìa en que «el ataque en el Ràpido impedirìa a los alemanes trasladar tropas al norte desde el valle del Liri para oponerse al desembarco. Mejor, tal vez indujese a los alemanes a desplazar tropas en otra direcciòn, lejos del àrea de desembarco. Y mejor aùn, si el cruce tenìa èxito, romperìa la Lìnea Gustav y abriría la ruta al norte para los vehículos blindados aliados; entonces el Quinto Ejèrcito podrìa arremeter hacia el norte para sumarse a la cabeza de playa y dirigirse hacia , e inclusive entrar, a Roma».
El cruce del Ràpido debìa ser precedido por ataques britànicos en dos lugares del Garigliano, corriente abajo desde el sitio de los estadounidenses. El primero de esos ataques, sobre la costa, donde el Garigliano llega al mar, era una maniobra destinada a alejar a los alemanes de sus defensas en el valle del Liri. El segundo ataque britànico, en el linde sudoeste del valle ?a la izquierda segùn los Aliados miraban valle arriba hacia Roma?estsaba destinado a capturar las cumbres desde donde se divisaba el Ràpido, y con ello a proteger el flanco de los estadounidenses cuando efectuaran el cruce principal. Dicen Hapgood y Richardson que «el primer ataque britànico, la noche del 17 de enero, tomò por sorpresa a los alemanes; los ingleses capturaron ràpidamente el pueblo de Minturno, cerca de la boca del Garigliano, y establecieron una sòlida cabeza de playa del lado norte del rìo; pero luego fueron detenidos. Con esto, el general von Senger, estaba preparado cuando los ingleses lanzaron su segundo ataque rìo arriba, màs lejos, en el poblado de San Ambrosio».
Los ingleses cruzaron el rìo de noche, contra una corriente tan fuerte que cortaba las amarras de sus embarcaciones. Sòlo una compañìa de soldados logrò pasar y después el comandante britànico detuvo la ofensiva. Asì, cuando los estadounidenses efectuaron el cruce a su vez, los alemanes retendrìan las alturas a ambos lados de ellos: a su izquierda las cimas que los ingleses no habìan logrado ocupar, y a su derecha la sòlida serranìa de Monte Cassino. Al otro lado, aguardaban a los estadounidenses ?entre ellos los niseis?las mejores tropas de Senger, quien las habìa colocado allì a la espera del ataque principal.
A primera vista el rìo, que serpenteaba por los lisos labrantìos de la llanura del Liri, no parecia un obstáculo impotente. Pero tal apariencia era engañosa, en especial bajo las circunstancias que se presentaban a los estadounidenses aquel mes de enero de 1944. Las màrgenes del rìo eran empinadas cuestas de un metro y medio a tres metros, resbaladizas por el lodo. La profundidad del Ràpido impedìa vadearlo, y su ancho era difícil de cruzar contra una corriente helada que se desplazaba con relativa velocidad, a 12 km.s por hora.
Del lado estadounidense el suelo era pantanoso, dicen los coautores Hapgood y Richardson en ?Monte Cassino?, que de cualquier modo, enero era temporada de inundaciones, y los alemanes habìan colaborado con la naturaleza desviando a la planicie parte de la corriente fluvial. Tanques y camiones pesados se empantanaban irremediablemente en el lodoso terreno. El ataque deberìa ser efectuadfo por soldados que portaban todo su equipo entre el lodo y los campos minados por los alemanes. Todos sus preparativos tendrìan que hacerse de noche; no habìa a donde esconderse a la luz del dìa. Los alemanes habìan cortado los arboléis arbustos del lado estadounidense para obtener un campo de fuego despejado. Su artillerìa, guiada por puestos de observación instalados en las alturas de cada lado, hacìa que fuera un suicidio acercarse al rìo, excepto en la oscuridad total.
Mark Clark asignò la misiòn de cruzar el Ràpido a la 36º Divisiòn, una divisiòn de la Guardia Nacional de Texas cuyos miembros lucìan un emblema azul cielo con la letra T. De inmediato dos regimientos de infantería, el 141º y el 143º, efectuarían cruces rìo arriba y rìo abajo desde la aldea de Sant? Angelo. El ataque se programò para el 20 de enero. La noche anterior al cruce, los tècnicos de combate traerìan lo màs cerca posible del rìo los pertrechos necesarios: las embarcaciones y los materiales con que se construirìan puentes. La infantería tendrìa que llevar los pertrechos el resto del trayecto, unos mil metros, junto con su propio equipo. Los tècnicos abrirìan corredores en los campos minados y los marcarìan para la infantería. La primera oleada de infantes cruzarìa en botes, ya fuesen de goma inflable o de madera. Cuando ellos ocuparan la orilla opuesta, los tècnicos extenderìan un puente, una especie de pasarela sostenida por pontones inflados. Cuando las tropas que cruzaran este puente hubieran empujado a los alemanes lo suficientemente lejos de la ribera, los tècnicos inatalarìan un puente Brailey: un puente hecho de repuestos que parecìa una grùa. Entonces los tanques estadounidenses cruzarìan el rìo, atacarìan la lìnea Gustav y seguirìan hasta Roma. Esa era la teoría, pero en la pràctica todo fue al contrario.
En los comandantes estadounidenses reinaba una atmòsfera agorera. El comandante de la 36ª. Divisiòn, general Fred L. Walter visualizaba que sus hombres estaban a punto de ser masacrados por los alemanes. El que los ingleses no hubieran logrado ocupar las alturas a su izquierda aumentaba la pesadumbre de Walter. Pero el general Mark Clak insistiò en que el cruce del Ràpido se efectuase tal como estaba planeado, aunque era inevitable que la posición alemana en las alturas redujese sus posibilidades de triunfo. En vìsperas del ataque, Walter anotò en su diario: «Esta noche la 36ª Divisiòn intentarà cruzar el Ràpido frente a Sant? Angelo. Tal vez triunfemos, pero no veo la posibilidad. La misiòn que se nos asigna està mal calculada. El cruce està dominado, a cada lado del valle, por alturas donde observadores de artillerìa alemanes se disponen a descargar sobre nuestros hombres fuertes concentraciones de artillerìa. El rìo es el principal aobstàculo de la lìnea de resistencia alemana. No conozco, en la historia militar, ningún caso donde haya tenido èxito un intento de cruzar un rìo que està incorporado en la lìnea principal de resistencia. Por eso estoy preparado para la derrota. Clark me enviò sus mejores votos, dijo estar preocupado por nuestro èxito. Creo que le preocupa la circunstancia de haber tomado una decisión imprudente cuando nos encomendò la tarea de cruzar el rìo en condiciones tàcticas tan desfavorables. No obstante, si tenemos un poco de suerte, quizàs triunfemos».
Italia. La batalla del Rápido. ...«¡Adelante, 222!» ¡Cruzaremos el río!
La madrugada, clara y fría, del 24 de enero comenzó con el fuego concentrado de la artillería norteamericana. A las 4 de la mañana avanzó el batallón 222 y los cañones alemanes abrieron su fuego de barrera. Goro y Tadao marchaban con la vanguardia abriéndose camino entre las minas para que pasara la tropa. Cuando Goro llegó a la segunda zanja se detuvo y gritó: «¡Adelante, 222!» En ese momento Tadao pisó una mina de magnesio que explotó con una luz aterradora y el muchacho voló hecho añicos. Goro se estremeció de espanto; pero ya los otros chicos japoneses cruzaban como una tromba el pantano donde se había detenido su hermano y saltaban a la primera zanja, y luego a la siguiente. Al cabo de cinco horas de brutal combate llegaban a la margen del río Rápido donde la vanguardia había hecho alto ante la impenetrable cortina de metralla.
?¡Aquí es donde hay que acosarlos! ?gritaba triunfante el general Seigl? Matad a la mitad, que la otra mitad emprenderá la fuga! Pero se equivocaba. Aunque Goro sentía que le habían arrancado media vida con la muerte de Tadao, y el cañoneo alcanzaba el máximum de intensidad dijo: ?Vamos a cruzar el río. ?Tenemos que hacerlo ?respondió el coronel Whipple?. ¡Vamos, adelante! Un destacamento de 40 hombres con Goro a la cabeza comenzó a cruzarlo y, al llegar a seis metros de la orilla opuesta, una tremenda descarga de fuego concentrado dejó en el sitio a la mitad de los valientes.
?¡Trepad al barranco e internaos en las alambradas! ?ordenó Goro a los sobrevivientes. Era una locura intentarlo. Cuando Goro alcanzaba a tocar con las manos el borde del terraplén una nueva descarga lo hizo retroceder. Tres veces intentó penetrar por las alambradas y cada vez gritaba el general Seigl: «¡Mátenlo! ¡Mátenlo!» Aunque llovieron toneLadas de plomo sobre Sakagawa y sus hombres, milagrosamente ninguno de ellos fue alcanzado por las balas. Acurrucados al abrigo de la ribera, esperaron a sus compañeros; mas fue imposible el avance contra el fuego alemán. Al anochecer regresó Goro a sus posiciones con sus hombres sanos y salvos. ?No pudimos llegar ?informó tristemente. ?Pero nadie ha hecho un intento más valeroso... teniente Sakagawa. Goro no se inmutó al recibir el ascenso en el campo de batalla: se había vuelto insensible al miedo, insensible al regocijo. Mas, cuando le sujetaron los galones en la manga de la blusa, juró: ?¡Cruzaremos el río!
Si algún norteamericano pone en duda la lealtad de nuestros japoneses... vean el valor que va más allá de lo que exige el deber.
El 26 de enero los artilleros de Seigl rechazaron el asalto de los japoneses causándoles bajas desastrosas. El 27, a pesar de que el teniente Sakagawa logró llevar a sus hombres hasta el camino que queda al otro lado del río, sufrieron allí un fuego tan nutrido que, al cabo de 45 minutos se vieron obligados a retirarse. Aquella noche, un corresponsal de la Prensa Asociada (AP) trasmitía en uno de los más emocionantes comunicados de guerra: «Por fin he tenido la suerte de presenciar lo que es el valor que va más allá de lo que exige el deber... De hoy en adelante, si algún norteamericano pone en duda la lealtad de nuestros japoneses, no discutiré con él: le daré una bofetada».
Por cuarta vez trató Goro de cruzar el Rápido el 28 de enero, y por cuarta vez la artillería de Seigl desbarató sus tropas. De los 1300 japoneses con que el coronel Whipple había comenzado el ataque cuatro días antes, 779 se contaban entre los muertos y heridos. Esa noche anunció el cuartel de Seigl: «¡Victoria! Hemos rechazado a los japoneses». El anuncio era correcto en parte: el batallón 222 no contaba ya con suficientes soldados para mantener su unidad; pero en otros sectores de la línea de combate se congregaban otras unidades llegadas de Hawaii y, el 8 de febrero cruzaron el río e introdujeron sus puntas de lanza casi hasta la cima de Montecassino. Escalaron las alturas que sus mismos oficiales creían inexpugnables, desencastillaron 200 nidos de ametralladoras y por breves y angustiosas horas se apoderaron de la propia cúspide del monte. Mas como los refuerzos no pudieron trepar a tiempo por esas breñas, les fue imposible sostenerse y fueron desalojados de las alturas. Con todo, habían asegurado el triunfo, pues su cuartel general había pasado a la ribera occidental del río Rápido.
Su sangrienta derrota en Montecassino hizo famoso al 222 y conquistó el respeto de los estadounidenses.
El 22 de enero de 1944 la Unidad 100 llegó a las orillas del río Rápido y el 24 comenzó una de las más encarnizadas batallas por la conquista de la inexpugnable fortaleza. El más ligero intento de cruzar los canales y el río era recibido con un fuego cerradísimo. De día y de noche se hicieron varios intentos, y se insistió en ellos. Como ya se dijo en el párrafo anterior, después de sólo 4 días de combate, la unidad que había empezado el asalto con 1,300 hombres, constaba ya con 779 bajas. Los cuerpos de los soldados niseis muertos en el intento, se alineaban en las orillas del río.
Y, de nuevo la pregunta ?¿por qué luchan con tanto denuedo??, preguntó un reportero... ?porque tenemos que pelear doble; contra los alemanes y por cada japonés en América?, contestaban con firmeza. La unidad 100 y la 142, esta última también constituida por niseis (o batallón 222¿?), fueron decisivas en la conquista de Montecassino, y así como crecía el número de sus bajas; así también creció su fama, llegando a ser una de las unidades más famosas de la pasada guerra mundial. Sufrieron más bajas que cualquier otra unidad semejante. Recibieron más condecoraciones, más honores y mas mensajes de felicitación por soldado, de parte del Presidente y de los generales que ninguna ota unidad, como consta en los Anales del ejército norteamericano; pero sobre todo se ganaron el respeto de los Estados Unidos.
Su sangrienta derrota de Montecassino, en Italia, hizo famoso al 222; se le llamó el «Batallón del Corazón de Púrpura», como se dijo en el párrafo anterior, por haber sufrido más bajas que ningún otro cuerpo de iguales efectivos. El 222 obtuvo más honores, más condecoraciones y más menciones encomiosas del Presidente y de los altos jefes del ejército que ningún otro batallón. Pero ante todo, recalcamos, se conquistó el respeto de los norteamericanos. En Hawaii no volvieron a dudar de la lealtad de los japoneses; al referirse a esas tropas decían «nuestros muchachos» y las gentes de otras razas se preguntaban si llegado el caso serían ellas capaces de portarse con igual valor. Parece extraño, por tanto, que no fuera en Montecassino, sino en un remoto rincón de Francia donde el 222 llegó a conquistar sus mejores laureles.
En la práctica, escriben David Hapgood y David Richardson, todo saliò mal en el Ràpido. Cuando oscureciò, a las 6 de la tarde del dìa 20, los hombres del 141ª Regimiento de Infantería salieron de sus refugios improvisados donde habìan pasado el dìa y emprendieron la marcha hacia el centro de distribución donde se almacenaban sus embarcaciones. Portaban rifles con bayonetas fijas. Pronto andaban a tientas entre la niebla por lodosos campos. Cuando llegaron a las barcas, comprobaron que el cañoneo alemàn habìa dañado o destruìdo la mitad de ellas. Tomaron las embarcaciones restantes y echaron a andar con su pesada carga hacia el rìo. Entre ellos empezaron a caer granadas alemanas, obligándolos a dispersarse. Al hacerlo abandonaron la seguridad de los corredores marcados y tropezaron con campos minados donde muchos hombres quedaron muertos o mutilados.
Los primeros soldados del 141ª llegaron a la ribera del rìo a las 21:00 hrs., con dos horas de retraso respecto del plan, y procuraron botar sus embarcaciones y cruzar remando. Pero algunas barcas se hundieron de inmediato porque las granadas alemanas las habìan perforado; otras zozobraron; otras se escaparon de los soldados y flotaron ràpidamente rìo abajo. Sòlo unos cien hombres lograron llegar a la otra orilla. Los zapadores tenìan que tender puentes para la infantería, pero la mitad de su equipo fue destruido o dispersado, de modo que hacia las 4 de la mañana sòlo habìan conseguido tender un puente, que era resbaladizo y temblequeante. A las 6:30 hrs. Cuando iba a amanecer, sòlo unos cuatrocientos hombres habìan cruzado el Ràpido. Algunos màs se habìan simplemente esfumado durante la noche; màs tarde reaparecerìan en la retaguardia diciendo haberse extraviado.. La ofensiva estadounidense fue detenida al amanecer. Poco después de la aurora, el fuego alemàn de artillerìa cortò las lìneas telefònicas tendidas sobre el rìo; del otro lado, todas las radios estaban ya perdidas o inutilizadas. En la ribera opuesta, el puñado de estadounidenses se hallaba totalmente aislado. Sòlo el ruido de sus disparos de rifle atestiguaba que aùn hubiese alguien vivo allà.
Río arriba, el ataque del 143º de Infantería salió igualmente mal. Al amanecer, otro pequeño grupo de estadounidenses estaba acorralado en la otra orilla, sin posibilidad alguita de avanzar y muy poca de regresar con vida. Esa mañana, por telèfono, Mark Clark ordenò a la 36ª. Divisiòn que atacara de nuevo el Ràpido ... esta vez a la luz del dìa. Esto significaba que hombres ya sumamente desmoralizados tendrìan que atacar en circunstancias màs adversas todavía que aquellas en las cuales habìan sido derrotados. «Preveo que este ataque serà un fiasco, igual que el de anoche», escribiò Walter en su diario ... y tenìa razòn.
Unos cuantos infantes màs lograron cruzar el rìo, pero el puente Bailey para vehículos nuinca se construyò y sin tanques, el cruce estaba condenado al fracaso. A la mañana del 22, dos dìas después de iniciarse, todo habìa acabado. Los pocos soldados estadounidenses que estaban del otro lado y no se las arreglaron para volver a nado, murieron o fueron hechos prisioneros. «Ayer dos regimientos de esta divisiòn fueron destruidos en la margen occidental del Ràpido», escribiò Walter. Las pèrdidas estadounidenses en muertos, heridos y desaparecidos totalizaban 1.681 hombres. Asì terminò la batalla del rìo Ràpido. Fue librada en vano, dicen Hapgood y Richardson; la supuesta finalidad de ese ataque ?alejar tropas alemanas de la zona romana-- habìa sido lograda cuatro dìas atràs con el cruce inglès de la boca del Garigliano. En este caso, la ofensiva estadounidense no inquietì casi a los alemanes. Las tropas que defendìan la otra orilla rechazaron el ataque sin pedir ayuda a otras unidades cercanas y mucho menos a Roma. A decir verdad, mientras los estadounidenses atacaban, los alemanes enviaron tropas a Anzio desde el frente del valle del Liri. Del lado de los Aliados, el fracaso de la ofensiva en el Ràpido provocò rencores y recriminaciones persistentes. ?Clark culpó a los ingleses por no hacer un intento lo bastante decidido a capturar las alturas a la izquierda del valle. Walter culpó a Clark por desperdiciar las vidas de sus hombres en un empeño desesperado. Los sobrevivientes de la 36ª Divisiòn culparon a Clark por enviarlos al otro lado del rìo mientras los alemanes los observaban desde las alturas del Monte Cassino.? El desastre sufrido por el ejèrcito de Clark en el rìo Ràpido, habìa convencido al general de que no era posible avanzar en el valle del Liri mientras los alemanes retuvieran sus posiciones dominantes en la serranìa de Monte Cassino.
Para obtener mayor información de la actuación de lo niseis estadounidenses en Italia, en 1944, es posible que pueda encontrar información en las siguientes obras:
1. Faustino Avagliano. (comp) Il bombardamento di Montecassino, Monte Cassino. 1980.
2. Martin Blumenson. Bloody river: the real tragedy of the Rapido. Boston: Houghton Mifflin. 1970.
3. Martin Blumerson. Salerno to Cassino. (Mediterranean theatre of operations). U.S. Army in World War II). Washington D.C. oficina del jefe de historia militar. 1969.
4. Rudolf Boehmler. Monte Cassino. Londres: Cassell. 1964 (primera ediciòn en alemàn: Monte Cassino, 1956).
5. Mark. W. Clark. Calculated risk. New York: Harper. 1950.
6. Dan Kurzman. The race for Rome. New York: Doubleday. 1975.
7. Fred Majdalany. The monastery. Boston: Houghton Mifflin. 1946.
8. Cassino: Portait of a battle. Boston: Houghton Mifflin. 1957.
9. Ernie Pyle. Brave men. New York: Grosset & Dunlop. 1944.
10. Jane Scrivener. Inside Rome with the germans. New York: McMillan. 1945.
11. Frido von Senger und Etterlin. Neither fear not hope. New York: Dutton. 1964. (primera ediciòn en alemàn: Krieger in Europa. 1960)
12. E.D. Smith.. The battles for Cassino. New York: Scribners. 1975.
13. Chester G. Starr. From Salerno to the Alps: a history of the Fifth Army 1943-1945. Washington: Infantry Journal Press. 1948.
14. Robert L. Wagner. The Texas army: a history of the 36 Division in the italian campaign. Austin: R. L. Wagner. 1972.
15. Fred L. Walker. From Texas of Rome. Dallas: Taylor. 1969.
Francia. El batallón de tejanos perdido. ...Ganando esta acción pueden dar por ganada su propia guerra.
En vista del enorme número de bajas sufridas por las unidades niseis, considerando que todos ellos merecían una tregua en el combate, fueron movilizados al sur de Francia, en donde se suponía encontrarían poca resistencia en su avance hacia Alemania. Junto con otra unidad proveniente de Texas, subieron el Rhone y se dirigieron a los montes Vosgos, y fue ahí una vez que se encontraban por primera vez en territorio alemán cuando encontraron una repentina y tenaz resistencia de parte de los soldados alemanes que defendían su propio suelo, a dos millas al Este de Biffontaine, que dividió las unidades e hizo que el 1er. batallón de la 141 División estadounidense quedaba bloqueada por los montes y rodeada completamente por el grueso del ejército alemán, lo que hacía imposible su rescate y sólo era cuestión de días que todos fueran aniquilados.
Como hemos dicho en el párrafo anterior, después de la batalla del Rápido los generales decidieron conceder a los japoneses-estadounidenses un merecido descanso; y luego de reforzar sus filas con nuevas unidades, entre los cuales figuraban los hermanos de Goro (Minoru y Shigeo), despacharon al batallón 222 al valle del Rodano, en donde, como se esperaba, encontró poca resistencia. En aquella región, acompañados por otro batallón compuesto de tejanos, los japoneses se dedicaron a hacer operaciones de limpieza en los Montes Vosgos.
Era vìsperas de fin de año 1944. Tres ejèrcitos alemanes lanzaron una contraofensiva sorpresa contra posiciones estadounidenses en la regiòn de las Ardenas (que esto se llamò la batalla de la Protuberancia o el Promontorio (bulge) [dic.1944-enero 1945]; para los alemanes fue la operación «Niebla de Otoño») el 16 de diciembre de 1944. Avanzando mucho hacia el oeste en un frente de 145 km. de ancho, los alemanes abrieron un saliente dentro de la lìnea de frente aliada. Podrìa haber sido mayor y su avance màs extenso si hubieran logrado echar a la 101º Divisiòn Aerotransportada estadounidense de la población de Bastogne y tomando St. Vith en el norte màs ràpidamente, pero estos dos «rompeolas» estadounidenses habrìan de inutilizar las operaciones alemanas. El dìa de Navidad, unidades del V Ejèrcito Panzer llegaron al punto màs alejado de la penetración ?casi hasta el rìo Mosa-- antes de ser repelidos por la creciente presiòn aliada. Mientras el XXX Cuerpo britànico, prestado del XXI Grupo de Ejèrcitos de Montgomery, avanzaba hasta la punta del saliente, el I Ejèrcito estadounidense al norte y el III Ejèrcito estadounidense en el sur empezaron a cercar a los alemanes. Al cabo de un mes, las lìneas delanteras contrarias habìan retrocedido hasta casi las mismas posiciones que habìan defendido la vìspera de la ofensiva alemana. Los alemanes ?en este ataque desesperado y usando nuevos tanques y aviones a chorro-- perdieron, finalmente, sobre todo por la escasez de combustible y la dura oposición.
Los primeros dìas de enero de 1945, la lìnea del frente de las Ardenas casi habìa retrocedido adonde habìa estado cuando la ofensiva empezò. Y en una de las peores batallas de la guerra, los alemanes habìan sufrido 100,000 bajas; los estadounidenses 81,000, y los britànicos, que casi no habìan participado en esto, 1,400. Las pèrdidas de cañones, tanques y equipos habìan sido enormes en ambos lados, pero los aliados podìan reemplazar ràpidamente las suyas, los alemanes no.
Los alemanes se rendían por centenares y, hacia fines de febrero 1945 ?el ùltimo año de guerra--, parecían dispersarse en desorden. Pero las tropas de la Wehermacht en retirada tentaron a los tejanos a perseguirlas y estos, enardecidos, se fueron tras ellas, adelantándose a los tanques estadounidenses que dejaron muy atrás, hasta caer en la trampa mejor armada de la guerra. Cerraron la trampa con una gigantesca barrera humana dejando a los tejanos embolsados en una depresión de la montaña. Sin provisiones, sin agua y sin cartuches suficientes, el batallón cercado veía avanzar aquella cortina de fuego, cada vez más cerca. La noticia de aquel desastre corrió por todas partes. En los pueblos de Tejas las gentes permanecían día y noche al lado de las radios, pendientes de la suerte del «batallón perdido». El alto mando de Washington tomó cartas en el asunto y ordenó que se les prestara auxilio. ?Tenemos que sacar a esos hombres del atolladero ?dijo el coronel Whipple a Goro?. Es orden del mismo Presidente. Ganando esta acción pueden dar por ganada su propia guerra. ?Los sacaremos ?dijo Goro.
Al llegar la noticia del ?batallón perdido? el pueblo estadounidense y principalmente los habitantes de Texas se mantuvieron pegados a sus radios y a todos los medios de información, escuchando angustiados los detalles del bloqueo, y cómo los soldados de este Estado de la Unión se preparaban a morir. Toda actividad se paralizó en los hogares cuyos hijos iban a morir, y una voz se alzó en todos los corazones. ?¡por lo que más quieran, hagan algo y sáquenlos de esa trampa!?. El clamor de la opinión pública y principalmente de los tejanos, movilizó al Senado y a las más altas esferas del país que inmediatamente presionaron al Pentágono ?¡Saquen a esos tejanos de la trampa!?, el Pentágono voló la orden a París, Francia y de ahí a los Vosgos, a la Unidad 100 y la 142 ...?¡Alta prioridad, rescate inmediato!? La orden fue clara y terminante, ?A los Vosgos, romper el anillo de soldados alemanes y no deberán regresar sin los tejanos?.
«Hay que salvar a los tejanos; ...los niseis americanos somos material gastable». Los tejanos no estaban obligados a hacer ninguna demostración de su valor y patriotismo ¿?... nosotros, sí.
Para rescatar al ?batallón perdido?, era preciso avanzar únicamente una milla; la peor del mundo, que requirió cuatro interminables días, sin adecuada comida y agua. Fue una misión suicida. una espesa neblina cubría constantemente los Vosgos y no era posible ver más allá de cinco metros. Los soldados alemanes bien instalados aniquilaban con metódica precisión. De vez en cuando algún soldado nisei, lleno de desesperación disparaba ciegamente a la neblina. ?Esto es peor que Montecassino?, pensaban muchos, y otros tantos se repetían constantemente una pregunta que les venía atormentando: ?¿por qué tenemos que cruzar esta muralla de fuego??... ?¡Estamos perdiendo más hombres de los que tratamos de salvar!?
Para rescatar al batallón perdido, los nipo-americanos tenían que avanzar apenas kilómetro y medio... ¡pero por qué camino tan infernal! Ocultos entre la selva cubierta de niebla, los francotiradores alemanes fusilaban a los muchachos de Hawaii, uno tras otro. Desgarraban contra ellos sus ametralladoras a una distancia de seis metros; mientras los japoneses, desconcertados, se detenían para disparar a ciegas contra la neblina informe. Aunque logró desviar la potencia de fuego dirigida contra los tejanos, en ese primer día de ataque el 222 solamente avanzó poco menos que 300 metros. Al día siguiente los japoneses penetraron unos 200 metros más entre la neblina. El mundo entero estaba pendiente de los despachos en que los reporteros de guerra relataban aquella lucha desesperada. Dentro del cerco de acero, los tejanos heridos comenzaban a morir de gangrena y nuevas descargas aumentaban el número de víctimas.
El tercer día, las tropas que iban al frente se quedaron atónitas al ver a su coronel Whipple subiendo la cuesta que ellas acababan de ganar. El coronel había protestado ante el estado mayor diciendo: ?No puedo enviar a mis muchachos a otro Montecassino. ?Esto es peor que Montecassino ?le respondieron?; pero hay que hacerlo. ?Entonces los mandaré yo, personalmente. Y, contraviniendo las reglas básicas de la guerra... allí estaba. Alentados por su presencia, los japoneses continuaron trepando por la serranía con desconcertante intrepidez. No obstante, mientras los diezmaba el fuego enemigo, no podían borrar de la mente un negro pensamiento: «Hay que salvar a los tejanos; los japoneses somos material gastable». Pero ninguno lo exteriorizó con palabras. Sabían que los tejanos no estaban obligados a hacer ninguna demostración de su valor y patriotismo... los japoneses, sí.
?¿Por qué tenemos que cruzar esta muralla de fuego??... ?¡Estamos perdiendo más hombres de los que tratamos de salvar!?
Cayó la noche y estaban todavía a 400 metros de su meta. Al amanecer, un francotirador hizo fuego contra el campamento y mató al soldado Minoru Sakagawa. Cuando Goro se dio cuenta, estuvo a punto de perder la razón: dio un grito salvaje y comenzó a temblarle la mano derecha. El coronel Whipple se hizo cargo de la situación y le cruzó la cara de una bofetada para hacerlo volver a sus cabales. ?Vamos, Goro ¡qué es eso? Goro volvió en sí; ordenó a su hermano Shigeo que marchase a su lado, desenfundó el revolver y bramó en japonés: ?¡Adelante!
Con sin igual coraje él y sus hombres se lanzaron entre los árboles. Siguió un combate cuerpo a cuerpo, horrible, desesperado, por conquistar los últimos 400 metros que les faltaban para coronar la altura. El apacible Shigeo, desplegando un valor que él mismo no creía tener, avanzó resueltamente sobre las posiciones alemanas bombardeándolas con granadas de mano. Fue el primero en saltar dentro del último reducto enemigo armado de granadas de mano y un fusil ametralladora con el cual derribó 11 alemanes. Cuando sus compañeros pasaron a su lado salió del fortín nazi aplaudiendo como un chico de escuela. ?¡Quedas ascendido a teniente! ?le dijo el coronel Whipple al pasar.
El rescate de 341 tejanos había costado la vida de 800 niseis ?¡Bien por estos japonesillos!...
En desigual formación, con el capitán Goro Sakagawa a la cabeza, marcharon los japoneses al encuentro de los tejanos. Un mayor de elevada estatura llamado Burns, se mordía los labios avergonzado de que lo vieran llorar. ?¿Podrían darle un poco de agua a la tropa? ?preguntó, y en seguida gritó a los suyos?: ¡Muchachos, una ovación para estos japonesillos! Goro agarró al mayor por los hombros y les dijo temblando de ira: ?¡No nos llames japonesillos! ?¡Goro! ?gritó Whipple. ?¿Mande, mi coronel? ?respondió Sakagawa, sin acordarse ya del mayor tejano. ?Vamos a emprender el descenso de la cuesta. Los japoneses formaron a ambos lados de la entrada del bolsón donde habían quedado atrapados los tejanos y mientras los gigantones salían de la ratonera protegidos por la doble fila de pequeños soldados hawaianos, alguien soltó la risa. La hilaridad se extendió por todas las filas y terminó en felicitaciones, alegría y abrazos. ?¡Sois chiquitos, pero corajudos! ?decía un ayán de Abilene?. Yo creí que ya estábamos perdidos.
?¡Esta vez sí hemos demostrado lo que somos! ...y se preguntaban ¿tendremos necesidad de demostrarlo aún más?
El capitán Sakagawa no tomó parte en el regocijo. Pensaba tristemente en que, casi dos terceras artes de los 1200 muchachos que salieron al asalto del cerro habían muerto o estaban gravemente heridos. El rescate de 341 tejanos se había hecho a costa de la vida de 800 japoneses. Pasó revista mental a su compañía y halló que, de los 183 hombres que desembarcaron con él en Salerno, solamente quedaban siete. El resto ?176? debían estar bajo tierra o en los hospitales. En ese momento se le acercó Shigeo y le dijo lleno de entusiasmo: ?¡Esta vez sí hemos demostrado lo que somos! Pero Goro, taciturno, seguía contando sus muertos y se preguntaba: ¿tendremos necesidad de demostrarlo aún más? A juzgar por los saltos que daba mentalmente de una a otra imagen, pensó que iba a perder el juicio. Ya de bajada, hacia la mitad de aquella sangrienta cuesta, sufrió un choque front E-MAIL: Ing.MiguelMeguroYamazakitel.of.5562-1762
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